jueves, 24 de octubre de 2013

HoB: LA CAÍDA DEL AUTARKA (ACTO IV)



Alcé ambas pistolas, apunté al frente y disparé. Las ondas de choque que generaban aquellas armas reventaron al instante a los dos primeros rodents que se aproximaban, originando una repulsiva nube de sangre y entrañas por la cual crucé a toda velocidad, disparando de nuevo. Más sangre y despojos se adhirieron a mi rostro y ropaje. Tuve que enjugarme el líquido viscoso que se deslizaba por mis cejas, en dirección a los ojos.


Ese segundo de distracción bastó para que otros dos rodents se echaran sobre mí. Lo estrecho del túnel impedía que se alinearan más. Era una ventaja para mí. La punta de la espada del primero lamió mi carne; al segundó le disparé a boca de jarro con la sónica y lo convertí en partículas enrojecidas.


―¿Te gusta su sabor?― al que me hirió le aplasté los sesos con la culata, mientras que me deshacía de la siguiente pareja con la otra pistola.


La emoción del combate me proporcionaba un delicioso bienestar. Era un verdadero placer segar sus inmundas vidas. ¿A cuántos más habría de matar ese día? Esperaba que a muchos.


Los rodents se replegaron ante la potencia de mis pistolas sónicas. Se alejaban profiriendo aterrados chillidos, vociferando en su malsonante lengua. Segundos después me quedé solo en el pasadizo, empapado de su hedionda sangre. No me importaba era sugestivo notarla en mí.


Enfundé las pistolas y continué por donde habían decrecido los chillidos de alerta. Un sentimiento trepidante me invadió al pensar que a partir de ahí me tenderían, sin duda, una celada, tan propia de su raza. Esbozando una sonrisa me apresuré a recibirlos con mis puñales de magiacero; irrompibles, afilados y inmisericordes. No era lo más indicado para la escaramuza que se presentaba pero eran perfectos para apreciar cómo se abría la carne de mis enemigos, que era lo que en realidad buscaba.


Aprovecharon un cruce para saltar en número indeterminado sobre mí. A pesar de mis reflejos de felino no pude evitar que me volvieran a herir; esta vez en la pierna y en la parte baja de la espalda. Emití un furioso grito, no por el dolor, por la locura del combate, que cada vez se apoderaba más de mi ser, tornándolo todo rojo en derredor mío.


Más aceros mordieron mi cuerpo. El escozor de la sangre me llenó de gozo. Mis puñales viajaron de un cuerpo a otro con una celeridad letal. Los rodents caían con profundos tajos, abiertos en canal, eviscerados. La celada terminó en pocos segundos con un resultado obvio: todos los rodents retorciéndose a mis pies, emitiendo lastimeros gemidos que alimentaron mi alma.


―Siguiente asalto― clamé, poseído por la ira.


Empezaba a sentir debilidad por la pérdida de sangre. No me importaba; adoraba esa sensación. Hasta que no pudiera avanzar no tomaría una ampolla revitalizante que portaba conmigo. Hasta entonces las oleadas de dolor inspirarían mis pasos y aguzarían mis reflejos.


Los rodents no se darían por vencidos. Con cualquier otro se habrían escabullido tras varias intentonas infructuosas, pero conmigo no se arriesgarían a que les siguiera hasta el nido, cosa que pretendía para perpetrar una verdadera masacre de esas bestias. Lo volverían a intentar y esta vez atacarían con frenética desesperación.


―¡Vamos, venid a por mí!― les provocaba, enardecido por el aroma de la sangre.


Escuché un leve revuelo. “Allí están otra vez”. Aferré con fuerza mis cuchillos, disfrutando de las oleadas de emoción que me sacudían.


Tenían que encontrarse cerca porque el suelo temblaba bajo mis pies.


―Se traen algo grande y pesado con ellos― murmuré entre dientes, excitado sobremanera―, ¿de qué se tratara, de un dinorodent? Esperemos a ver con qué me sorprenden. A lo mejor hasta causan mi muerte. ¡Oh, sí, ésa sí sería una muerte digna, perecer de modo atroz entre los colmillos de esa bestia!


La respuesta a mi ansiedad no se hizo esperar, si bien tuve que pugnar con varios rodents antes. Querían distraerme para que su animal de ataque me cogiera desprevenido. Paré un par de estocadas y me hice a un lado, trazando un arco con la mano derecha. El puñal silbó y el atacante se derrumbó con un gorgoteo.


Sin embargo no pude parar la punzada de una espada que venía por detrás; el acero atravesó mi costado con su gélida mordedura y al salir un estallido extasiado recorrió mi interior. Caí sobre una rodilla en tanto mis atacantes hundían sus espadas en varios puntos de mi fisonomía. El dolor más dulce que se pueda conocer palpitaba en las múltiples heridas. El vigor escapaba en indescriptibles chorros de placer junto con la sangre.


No estaba asustado. Estaba pletórico: eso es lo que había ido a buscar y lo estaba obteniendo a raudales en medio de una pelea justa, como corresponde a un verdadero guerrero. Sin perder el aplomo así una de las ampollas de vitalidad y bebí el líquido reparador sin dejar de contemplar a la gigantesca criatura que se aproximaba con implacable silencio.


Casi no cabía en el corredor, sus placas superiores rasgaban la roca, desmenuzándola como si fuera arena. Era una bestia metamórfica desconocida para mí, que me había enfrentado a toda clase de horrores. De lo que podía discernir, tenía un cuerpo oblongo, protegido por segmentos acorazados de magiacero. Sobre la diminuta cabeza de insecto sobresalían dos cuernos afilados; tenía dos brazos humanos en lugar de patas anteriores y sus ojos sin pupilas me devoraban con impávida expresividad. Sería un adversario duro de matar: justo a mi medida.


Los rodents se reían de modo ruin ante la expectativa de una matanza, dando por sentado que aquella criatura me destrozaría en un santiamén.


―¡Un glorioso día el de hoy!― exclamé, embargado por el más jubiloso regocijo.


Las punzadas de dolor me proporcionaban el estado de euforia que necesitaba. El líquido a base de Magia me había curado las heridas mortales y volvía a sentir un torrente de energía dentro de mí.


―¡No os alegraréis tanto cuando despiece a vuestro amigo!― rugí con furor, abalanzándome ciegamente sobre la bestia.


Podría haber hecho uso de las pistolas, pero eso hubiera sido poco deportivo por mi parte. Aquello era un duelo de iguales, él con sus cuernos y sus garras, y yo con mis puñales y mi astucia.


El insecto metamórfico se irguió sobre sus múltiples patas posteriores y se aprestó a recibir mi envite. Corneó el aire con una velocidad pasmosa cuando intenté hundir el filo del cuchillo en sus partes desprotegidas. El aire acarició mi rostro; por cuestión de milímetros no me había empitonado.


Cambié de estrategia y retrocedí unos pasos para evitar un zarpazo. De nuevo sentí la caricia del aire cerca de mí. Su corpulencia no desmerecía su velocidad. Estaba ante un peligroso oponente. Me agaché de nuevo y le arrojé un cuchillo a la cabeza. El puñal falló su blanco pero se incrustó un poco más abajo, en el cuerpo alargado desde donde nacían las placas de magiacero.


La bestia emitió algo parecido a un bramido y, para mi estupor, desapareció de mi vista, excavando a gran velocidad en el suelo. Por unos segundos me quedé desconcertado. Algo me decía que aquello no era una huida. Me puse en tensión, alerta a cualquier movimiento.


―¡Arrgg!― grité cuando una saeta fue a clavarse en mi hombro.


Los muy cobardes de los rodents no habían dudado en aprovechar la circunstancia.


Me pegué a una pared a tiempo de esquivar tres proyectiles más.


―¿Por qué no os acercáis que pueda aplastaros con mis propias manos?― les reté, persa de incontenible furia, el estado de mi epifanía.


Había llegado el momento de recurrir a las hachas de Porko. El brazo izquierdo se me había quedado inutilizado por culpa de la saeta. Así que solo blandiría una de ellas. No me pareció justo volver a beber el elixir tan pronto; el dolor todavía no me hacía delirar de goce, me gustaba mantenerlo ahí durante el máximo tiempo posible.


En cuanto sujeté el mango del hacha, las runas de Magia se encendieron y comenzaron a brillar. El pasadizo se iluminó a poco, revelando las entecas figuras de los rodents, que se encogían atemorizadas ante el poder de la Magia. Uno de ellos, un rodent de aspecto mezquino, aferraba a la chica que había ido a rescatar. Por lo que pude apreciar, era una moza hermosa y lozana, no me extraña que el joven enloqueciera ante su pérdida. Lástima que a mí no me interesaran esas cosas, de lo contrario se la habría arrebatado a ellos para apropiármela yo.


Una vibración del suelo me anunció por dónde surgiría la bestia acorazada. Un arma convencional no produciría ni un rasguño en ella, pero con el Hacha de Porko tenía grandes posibilidades de triunfo. Debía asestar el golpe fatal en la parte baja de su cuerpo.


De repente el insecto excavador emergió de la tierra, muy cerca de mí. Es lo que había estado esperando, mi momento de mayor emoción. La sangre golpeaba mis sienes, las heridas me torturaban de modo indecible, me aportaban vida. Antes de que acabara de surgir del suelo me planté bajo la criatura y golpeé con toda mi furia. El hacha describió un arco, seguido de la ígnea estela que generaban sus runas; el fulgor que originaba reveló todo el instante con minucioso detalle.


La terrible hoja hendió su corteza de quitin;, la carne se escindió hasta que penetró en sus entrañas; su sangre verdosa roció mi cara y mi cuerpo y formó charcos en el suelo. A los berridos de horror de los rodents, totalmente conmocionados, se sumó mi alarido de rabia y el barritar del insecto, al que volví a hundir el hacha. El fuego de las runas produjo un estallido en su interior, la bestia se convulsionó y ambos salimos despedidos en direcciones opuestas. Pero ella convertida en un amasijo calcinado y humeante.


―¡Toma, quédatela!― masculló el rodent esmirriado que retenía a la chica antes de desaparecer en las tinieblas.


La chica estaba aturdida del horror soportado pero yo me acerqué a ella con sumo cuidado.


―No temas, me envía tu querido novio― le dije con sarcasmo.


No la merecía si no podía cuidar de ella. Pero en el fondo eso a mí me daba igual, yo también había obtenido lo que quería.


¡Game Over!

¡Congratulations, Autarka!

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