miércoles, 2 de octubre de 2013

HoB: LA CAÍDA DEL AUTARKA (ACTO I)




Libro de Hob
Entrada del 27.04.1378. Era de La Bestia.
Vi a Theos en Selene


Estaba disfrutando de unos días de permiso tras la brillante acción que había llevado mi compañía contra el desembarco de bestias en la orilla norte del Medíter. Las bestias temen al agua, no suelen internarse en mares y ríos caudalosos, pero esa ocasión se habían hecho con una barcaza de la Marina del Primarcado y habían cruzado el Medíter cerca de su nacimiento, donde su cauce es relativamente estrecho en comparación con su curso medio, que atraviesa las tierras de Latinia y Grik. El capitán nos notificó el incidente y nos dio instrucciones de interceptarlos.


La tarea fue pan comido, la mayoría de las bestias salían mareadas de la barcaza y solo tuvimos que cazarlas una a una y volver a casa sanos y salvos. Los intentos de penetrar en la tierra sagrada de Hob son continuados, pero las fuerzas de seguridad del primarcado siempre estamos atentos y dispuestos para proteger nuestra tierra de su amenaza constante, no nos quitaran una pizca más de terreno.



Me había ido a ver a mi novia, que vivía en Pitya, ciudad a la que ambos pertenecemos. Nos conocimos antes de que yo me enrolara en la Infantería de Marina del Primarcado. Llevamos un par de años juntos; ahora soy cabo primero de la Segunda Compañía. Justine era una chica sensacional, estaba completamente enamorado de ella y de sus ocurrencias. Normalmente son ellas las que buscan un tipo gracioso, pero en este caso el soso era yo y la graciosa ella. No puedo decir aquí qué otras cosas me cautivaron.



Queríamos un poco de intimidad, por culpa de las bestias vivíamos aglutinados en ciudades fortificadas, siempre con el miedo de que nos asediasen. Por esa razón nos apartamos del bullicio del centro y nos dirigimos a una antigua ermita de las sacerdotisas de Gaia, sin salir del recinto amurallado.



Se decía que bajo la ermita se hallaban unos túneles que conducían a unas antiguas ruinas que habían pertenecido a la Primera Humanidad. Desde muy pequeño había escuchado que allí abajo se escondían tesoros magníficos y armas mágicas, pero nos tenían a todos prohibido adentranos en ellas por el peligro que suponían. También se decía que había rodents acechando en las sombras, aunque yo no me lo acababa de creer. ¿Rodents en Pitya? ¡Bah, cuentos para asustar a los niños!



Ese fue mi error.



―Elías, tengo miedo. ¿Por qué no damos la vuelta?― me hizo notar Justine.


A ella no le había parecido bien mi idea de meternos en aquellos túneles umbríos. Su mano apretaba la mía con fuerza.


―No pasará nada― la tranquilicé― solo un poco más, a ver si encontramos algo.


Estaba convencido de que en cualquier momento nos tropezaríamos con una espada forjada con Magia o con alguna moneda de oro olvidada. También, tengo que confesarlo, estaba deseoso de impresionarla, demostrándole que era lo suficientemente osado como para enfrentarme al peligro. Quería que Justine sintiera admiración por mí y no me bastaba con ser un infante de marina. Fue una temeridad que nos costó muy caro.


―¿Tú cómo crees que es la muerte?― me preguntó de improviso.


―¿Por qué piensas en eso ahora?― le dije intrigado.


―No sé, es este sitio, me da escalofríos― afirmó ella, apretando su cuerpo contra el mío. Pude sentir los latidos desbocados de su delicado corazón.


La luz de la antorcha oscilaba a causa de viento, que ulululaba de forma ominosa, deformando nuestras sombras por las paredes húmedas del túnel. Los ecos de nuestras pisadas evocaban miedos aciagos en la penumbra.


―No debes pensar ahora en la muerte, no nos pasará nada malo. Será mejor que demos la vuelta―. Pensé que ésa sería la mejor solución; podíamos quedarnos bajo el altar de la ermita, desde donde se bajaba a los ductos prohibidos. Allí estaríamos seguros y podríamos entregarnos igualmente a lo que habíamos ido a hacer. Si realmente existían esas ruinas ancestrales, no encontramos pista de su existencia, solo un silencio opresivo y estremecedor.


―Yo creo que cuando morimos vamos en verdad a Selene― siguió ella con su mórbido tema.


A mí no me gustaba hablar de la muerte. No es que tuviera miedo, simplemente prefería otros temas. 


En una ocasión soñé que veía a Theos, pero aquel sueño me pareció demasiado fantástico como para comentarlo con mis amigos. Dudé unos instantes si contárselo a ella o no. Al final me callé.


―¿Qué crees que pasa en Selene cuando morimos?― preguntó de nuevo. No sabía que le interesara tanto ese tema.


―¿Tienes miedo a la muerte?


―Sí. No. Bueno, tengo miedo a morir de modo horrible, devorada por una bestia o algo así― confesó Justine.


―Eso no va a ocurrir, yo te protegeré― le dije, sacando pecho con gallardía.


―Ya, bueno, pero, ¿Cómo crees que es la muerte? ¿Somos allí lo mismo que aquí o somos algo distinto? He visto Selene en mis sueños y no se parece en nada a este lugar.


―¿Ah, sí?― de repente sentí interés por saber si había visto lo mismo que yo―: ¿Viste a Theos, cómo era? ¿Era un chico joven y guapo como yo?


―¡No te rías! ¡Eres tonto!― y me golpeó afectuosamente en el brazo. Yo le di un beso.


―No bromeo. Te juro que una vez vi a Theos en mis sueños. Lo que pasa es que no era como esperaba.


―¿Y cómo lo esperabas?


―No sé, imaginaba que sería un hombre alto, vestido con túnica blanca y de aspecto venerable. Lo que vi me desconcertó y no le di más importancia: era un hombre sentado en una mesa, le faltaba un brazo y desde su sitio estaba observando lo que sucede en Hob a través de una extraña ventana que manipulaba con la mano sana. Podía mirar de un lugar a otro con solo un gesto, era increíble, cuando hablaba los mortales cumplían su voluntad; por eso imaginé que era Theos.


Justine se sobresaltó de repente.


―¿Qué ha sido eso?― inquirió con el tono ribeteado de pánico. Giró la cabeza hacia una bifurcación que habíamos dejado a tras.


―No ha sido nada. Ya te dije que era mejor no hablar de estas cosas.


―Ya está; ha sido mi imaginación.


―No nos entretengamos― la urgí. De pronto yo también había percibido algo por el rabillo del ojo.


―Pues yo una vez vi Selene. Era una gran ciudad llena de personas. No había bestias. Era un lugar maravilloso, los edificios eran muy altos, de cristal, y la gente se desplazaba en carros flotantes que rugían como los motores de Magia Negra que utilizáis vosotros.


―¿Y por qué estás tan segura de que eso es Selene? ¿No podría ser producto de tu imaginación al mezclar lo que has oído de la Primera Humanidad? Ellos también vivían en torres metálicas.


―No, estoy bien segura de lo que digo. Las personas hablaban de Hob, decían que era un lugar infernal, donde la gente enloquecía. ¿Cómo te explicas eso? Selene era una mujer como yo, pero con otro aspecto; estaba reunida con Theos y juntos decidían qué almas se llevarían consigo a Hob. No puede ser mi imaginación.


De pronto escuchamos un ruido. Justine dio un respingo.


―No me gusta este lugar― susurró con miedo evidente.


Desenfundé mi espada para calmarla.


―Yo te protegeré.


Apresuramos el paso. Nos habíamos adentrado demasiado, ahora me daba cuenta. Un sonido como de suaves pisadas nos siguió de lejos. No eran imaginaciones.


―Si nos matan aquí, iremos a Selene, no debes preocuparte, Theos nos acogerá en su seno― aseveró Justine, convencida. No había un deje de temor en su voz.


―Yo preferiría que no fuera así― contesté, poniendo mis músculos en tensión y aferrando con decisión la espada, presto para blandirla.


―Estaremos juntos de todas maneras, aquello no está tan mal. Al menos no hay bestias y la gente parece feliz...


Su frase se interrumpió cuando unos ojos rojos relucieron delante de nosotros. Tres pares de ojos malignos. Escuchamos un siseo escalofriante.


―¡Mierda!― blasfemé―. ¡Por aquí!


Y cambiamos el rumbo.


Más ojillos relucientes aparecieron, cortándonos el paso. La luz de la antorcha reveló media docena de figuras contrahechas, recubiertas de pelo; algunas iban toscamente pertrechadas. Sus colmillos reflejaron la luz. ¡Rodents! ¡La leyenda era cierta!


―Toma, sujétala― le entregué la antorcha y me puse delante de ella para enfrentarme a aquellas bestias repugnantes. Nos habían rodeado, cientos de diminutos ojos con escrutaban con brillo malvado. Sus chillidos nos taladraron los oídos―. ¡No os temo!


Y me abalancé sobre ellos, trazando un amplio círculo con mi acero. Iban a probar lo amarga que era su mordedura. Escuché un espantoso crujir de huesos; dos de ellos cayeron con sus frágiles costillas abiertas. En el arco de vuelta, cayeron dos más; eran trigo maduro para mi espada.


―¡Ilumíname!― clamé por encima del griterío ensordecedor de los rodents, que estaban estrechando el círculo.


A la tenue lumbre de la antorcha discerní decenas de cuerpos peludos, con cara de rata, que se abatían sobre mí mostrando garras y colmillos. Sentí la carne sajarse, la sangre brotar. Pero aquello no me amilanó, la furia acudió a mí. Volví a golpear salvajemente con mi arma, hendiendo sus repugnantes cuerpecillos.


Justine emitió un grito de espanto cuando las bestias se acercaron a la luz. Una de ellas la sujetó y la antorcha rodó por el suelo. En ese instante la oscuridad me cegó, dejándome a expensas de los rodents. Justine no paraba de chillar, angustiada. Su voz se alejaba.


―¡Elías, socorro, sálvame!


... CONTINUARÁ


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