miércoles, 25 de septiembre de 2013

HoB: EN EL PRIMER SALTO FUI UN OGRO (ACTO II)

 
 
 
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-Fulch Piernasvelóces. ¿Creías que podrías esconderte de la furia de nuestro temidísimo tirano en una pandilla de ogro-sapiens?– tronó con desdén el enorme ogro, justo antes de arremeter contra mí, presentando un descomunal cuerno de toroceronte en su protector ventral, que todavía goteaba, y enarbolando una gigantesca maza de cabeza claveteada, con, posiblemente, los restos adheridos de mis camaradas.

 
Se llamaba despectivamente ogro-sapiens a los que comerciaban con los humanos en lugar de someterlos para convertirlos en mascottes. Se consideraba indigno de un Homo Ogris que consiguiera algo sin arrebatarlo por la fuerza, aunque a algunos les pareciese más cómodo y provechoso tratar con especies inferiores.



La rabia me impidió sorprenderme. En cuestión de un segundo, toda la historia de cómo había llegado hasta allí pasó por delante de mis ojos.
 
Tarak Triturayunkes, el tirano de mi tribu, se comió a mi padre y a sus hermanos en castigo por haber perdido un lote de mascottes hembra frente a una partida de Porkomínidos que nos había asaltado mientras las conducíamos a su nuevo destino, la tribu de los Tragasapiens, con la que sellábamos un pacto de amistad, ofreciéndoles ese espléndido regalo.
 
El tirano se enojó mucho por aquella muestra de ineptitud; las mascottes hembra, más asustadizas que sus machos, llevaban meses de recio adiestramiento para habituarse a nuestras costumbres y servirnos con decoro. Había costado mucho esfuerzo ese logro. Se pasaban el día entero gritando histéricas cada vez que nos comíamos a uno de los suyos. No entendemos de qué se lamentan, es ignominioso enfrentarse a la muerte de esa manera. Los corderos que ellos hacinan en sus rediles para llenar sus barrigas aguardan con mayor aplomo el momento de ser sacrificados y no arman la misma escandalera que ellos.
 
Nuestra tribu había caído en la vergüenza. Para reparar semejante deshonor, ser vencido por unos Porkomínidos, tan semejantes a los sapiens, Tarak había ordenado apresar a todos los varones de mi familia para ofrecerlos en un banquete para aplacar al Gran Devorador. Cabía suponer que enviaría a alguien para que me desollara y le trajera mi cráneo pulido tras haberme estofado.
Solo yo había logrado escapar con vida. No habían reparado en mí por ser el tercer hijo bastardo que tuvo con una de las hembras con las que se emparejó tras un festejo. Soy uno de tantos ogros que no conocen a su progenitora, no tengo por qué extrañarme de eso. A los bastardos nos separan de ella a muy tierna edad cuando nacemos varones y nos entregan a los elementos apenas destetados. Si regresamos sin haber servido de alimento a los Rodentsis, nuestros mayores enemigos cuando somos cachorros, o a los Porkomínidos, que prefieren nuestra carne a la de los sapiens, cosa que no entiendo, a lo mejor nuestro padre nos reconoce aunque no esté reconocida como su esposa la hembra que nos engendró.
 
Me vi forzado a huir de mis amadas montañas del Everus, las más altas de Eurasia, y refugiarme en la tribu de los Comeojos, más al sur, donde tenía un amigo que había luchado junto a mí el mismo día que nos sometieron a una prueba de selección natural de la que solo volvimos tres. Es natural que la infancia de un ogro se vea constantemente sometida a este tipo de pruebas, no hay sitio para los débiles en Nueva Pangea.
 
Mi amigo Fruth me aceptó como miembro en una cuadrilla de ogros que se desplazaba hacia el oeste, a las riberas del Medíter, en Centroeuráfrika, para ganar honra causando estragos entre los sapiens que se habían hecho fuertes en esa parte del continente, desafiando a la especie llamada por los dioses para dominar a las demás: el Homo Bestiae o la Bestia, como nos denominan ellos con terror. Algunos de ellos podrían convertirse en mascottes y quizás, si lograba capturar alguna hembra sapiens, lograría reparar el descrédito que mi extinta familia había producido en la tribu Triturayunkes.
 
Fueron precisamente esos tornadizos humanos los que provocaron nuestro final. Solo hay un par de cosas con las que un humano puede comerciar con una Bestia para mantener su deplorable vida, oro o Magia. Nos prometieron que nos guiarían a un yacimiento de Magia explotado por Rodentsis.
 
Era demasiado fácil, demasiado casual. Desde el principio me olió a chamusquina, pero como miembro nuevo de aquel grupo, no quisieron escuchar mis sospechas. Ni siquiera Fruth, que es algo más listo que los demás, por algo es el jefe, prestó atención a mis argumentos. Estaba igual de cegado por la ambición que si fuera un sapiens. Patético. Se supone que un Bestiae está por encima de las debilidades del género humano. Cometí un error en enrolarme en esa panda de ogro-sapiens, en eso mi verdugo tenía razón; fue la desesperación la que me condujo ahí. ¡Me los tendría que haber comido yo por dejarse engañar como si fueran estúpidos Formínidos!

 
Nos hallábamos en los escarpados montes de El-Istán, próximos al territorio de los Turks, región oriental del Medíter donde resisten los sapiens. Y ahí estaban, una treintena de ellos, sin blasones distintivos y armados pobremente, a la vuelta del camino, como si nos estuvieran buscando.
 
Los apresamos sin esfuerzo. A unos cuantos los asamos esa noche y el resto fueron atados para servir de mascottes. Yo no había luchado todavía con un humano, pero se decía que se revolvían como Lupensis y que eran bravos como Caprensis en el campo de batalla. No en vano habían ganado alguna contienda contra los Bestiae, por lo que eran temidos de algunas razas menos poderosas como los Porkomínidos, esos puercos dotados de ínfima inteligencia. Sin embargo, aquel grupo no me pareció muy gallardo que se diga. Nada más vernos nos entregaron su oro y nos suplicaron por sus miserables existencias.
 
Todos los miembros de la escuadra se rieron, exclamando su suerte y jurando por Ogyr. Incluso Groor escuchó a uno de ellos que era muy locuaz. Parece mentira la energía que albergan los humanos, aún después de pasar días de privaciones. No creo que yo fuera capaz de chillar así, estando tan demacrado como estaban aquellos. Me hubiera muerto al tercer día de no llenar mi panza. Estaban tan entecos que tuve que comerme una pieza de carne que guardaba en mi bolsa de viaje para quedarme realmente saciado.
 
Eso fue lo segundo que me escamó, ¿qué Bestiae deja escapar con tanta facilidad a sus mascottes? No eran soldados, de eso estaba totalmente seguro. Puede que algún día lo fueran, alguno hasta demostraba cierta pericia con las picas ridículas que portaban, pero ello debió ser antes del cautiverio del que decían escapar.
 
Según nos contó el parlanchín, en las inmediaciones había una pequeña mina de Magia donde los Rodentsis habían encontrado una veta ingente. Fue oír yacimiento de Magia y todos perdieron el poco juicio que su hambre les dejaba tener. La mayoría de ellos habían sido testigos de lo que podía hacer un poco de Magia pulverizada en mi pistola Ray-Brand y se les salieron los ojos ante la perspectiva de lo que podrían hacer con un buen pedrusco. Tuvo que ser eso lo que les anuló el juicio.
 
-Os guiaremos hasta allí si nos prometéis la libertad- nos aseguró el humano.
 
La cosa les parecía plausible, las ratoneras Rodentsis agujereaban el subsuelo de toda Nueva Pangea, de parte a parte. Sus excavadores ciegos, los Talpis, se encargaban de eso con ahínco. Uno siempre tenía que tener cerca un cánido para que detectara su repulsivo hedor si no quería que esas ratas se lo comieran en medio del sueño, habiendo emergido del suelo subrepticiamente.
 
¡Sucias y traidoras criaturas! ¿Cómo es posible que sean descendientes de Bahal? Yo más bien diría que son alguna extraña variación de los sapiens y quieren hacernos creer que son parte de las Razas Bestiales que creó de sus discípulos los Metamorfos.
 
Los Ogris tenemos honor. Realmente les hubiéramos dejado libres si no hubieran faltado a su promesa de guiarnos a la veta de Magia en lugar de a nuestra muerte. No existía tal mina, ni eran mascottes de los Rodentsis.
 
Aunque sí eran mascottes de alguien, eso era una verdad como un templo de Homo Saurus. Como reza el viejo proverbio: donde hay mascottes, hay un poderoso guerrero Bestiae. Siguiendo sus instrucciones nos condujeron con las primeras luces del alba a una estrecha garganta envuelta en niebla, donde nos aguardaba su amo.
 
De repente se volvieron contra nosotros, debían de tenerle más pavor a él que a nosotros. Pensaron que la niebla les concedería ventaja. Dispararon sus flechas contra nuestras barrigas y nos pincharon con sus picas. El dormilón de Braaf cayó con estrépito ante nosotros y una vez en el suelo le abrieron grandes tajos en el cuello y los muslos. Sabían cómo abatir a un ogro los mal nacidos. Nos enfurecimos y bramamos, tomando nuestras armas de pura cólera. Íbamos a enseñarles a esos sapiens cómo aplasta y destruye un ogro.
 
En pocos segundos redujimos su número a la mitad, convirtiéndolos en pulpa, pero los restantes se escabulleron entre las brumas sin darnos oportunidad a masacrarlos por completo. Estábamos locos de rabia por haber caído en esa trampa para Formínidos. Yo tuve el placer de acabar con las vidas de una docena antes de verme solo ante mi matador, a quien desconocía por completo. Un descomunal ogro que haría papilla de mis huesos. Muchas molestias se había tomado el tirano de mi tribu, enviando a un cazador tras de mí hasta los confines de Eurasia, para reparar su ofensa.
 
Y este fue el último pensamiento que tuve. Fui arrollado por la masa ingente del Ogris que cargaba contra mí, ensartado en su acerado espolón óseo y mordido salvajemente en el cuello por unas fauces babeantes, antes de que todo se quedara negro...
 
 
Game Over.
 
Al siguiente parpadeo me encontraba de nuevo en el salón de juego de Héroe o Bestia.
 

-¡WoW, qué pasada! ¡Ha sido muy real! -exclamé sobresaltado, aún desvaneciéndose la ilusión de un dolor que no se producía, entre mis dedos estupefactos, que palpaban mi cuello y mi vientre, fútiles, en busca de una herida inexistente, al tiempo que suspiraba, entre aliviado y maravillado, por haber pasado semejante experiencia.
 
-¡Pero me han matado muy rápido!– me lamenté acto seguido, sin entrar en más interpretaciones, pensando solo en volver allí a luchar otra vez.
 
-Claro, abuelo, te has cogido un nivel muy alto. Te lo advertimos – me recriminaron los chavales.
 

Desde luego aquello era completamente diferente a la Play o a las V-Gamer de Nintendo. Algo nuevo se estaba expandiendo por mi interior, algo indescriptible que me imbuía de una nueva y poderosa vida. Como si algo de esa Chispa Divina de Theos, que dicen que libera la consola, hubiera prendido en mí.
 
-¡Cárgame otra vez, Enrique. Quiero la revancha!
 
 
FIN


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