miércoles, 6 de noviembre de 2013

HoB: LA CAÍDA DEL AUTARKA (ACTO VI)


Justine se sobresaltaba cada vez que su malcarado guía se giraba para escrutar los alrededores.


―No corras tanto― le insistía, horrorizada ante la perspectiva de perderlo o de caer de nuevo en las garras de aquellas bestias repugnantes.


El Autarka había decidido abandonar el túnel para que la claridad les permitiera avanzar con mayor velocidad. Los rodents se habían alejado mucho por los subterráneos en el rapto, su ciudad todavía distaba varios kilómetros de allí.


Caminaban pegados a la orilla norte del Medíter, que les servía de protección, cruzando los semidesérticos parajes del sur de Spance. El río Medíter nacía en los Montes del Marrak y se ensanchaba paulatinamente a lo largo de su curso con la descarga de sus numerosos afluentes, como el Ebrios, hasta que ambas riveras desaparecían en lontananza como si fuera un mar. Se decía que millones de años atrás, en los días de la Primera Humanidad, había sido un verdadero mar.


Delante y detrás de ellos se extendían kilómetros y kilómetros de llanuras pedregosas, peladas por el viento, moteadas de vegetación arbustiva y cactus. Caminaban solos entre los agrestes eriales, cada vez más embargados por un ominoso presentimiento.


De repente el horizonte a sus espaldas se oscureció como cubierto por una tormenta. El Autarka miró automáticamente al cielo, pero no halló ni una nube, se concentraban todas en derredor de las blancas cumbres del Marrak.


―¡Oh, soberbio!― entonó con admiración, escrutando con atención la lejanía.


La mancha sombría se desplazaba a considerable celeridad, como impulsada por un viento intangible.


―¿Qué pasa, qué es eso?―Justine se temió lo peor.


Y no estaba equivocada. El Autarka también imaginó qué podría ser; ella lo adivinó cuando su rostro adusto se torció en una mueca de placer. Miles y miles de pequeñas siluetas bullían en el interior de aquel siniestro parche oscuro que devoraba la distancia.


―¡Oh, qué bella muerte para un guerrero!― pronunció como un cántico el Autarka. Pero antes debía cumplir su promesa y poner a salvo a la chica―. ¡Corre!


―¿Por qué hablas así?


Justine cada vez estaba más asustada. Creía que ya no podría soportar más tensiones cuando fue capturada por los rodents, pero cuando vio lo que se aproximaba a toda velocidad por la llanura, un miedo atroz se apoderó de ella. Rompió a correr con toda la fuerza de su ser, sacando fuerzas que creía que no tenía. Ella no lo sabía, pero su novio le había donado su vida desde el Otro Mundo para que ahora sus piernas fueran transportadas en alas de la premura. Recordó la conversación que habían entablado justo antes de que la raptaran; se dio cuenta de que en verdad sí temía viajar sola al reino de Selene. Ahora ya no tenía tan claro que allí fuera todo maravilloso.


¿Y si Selene era un sitio horrible, un castigo eterno donde no había felicidad, solo penuria y sufrimiento?


Por las ganas que mostraba el Autarka de llegar allí, bien podría asegurar que así fuera.


***


Sus queridos Montes del Marrak se difuminaban entre la niebla a sus espaldas. WinsTroll llevaba horas cabalgando a lomos de su montura sin que atisbara el objetivo marcado; por delante, su hueste de Megarácnidos se desplegaba por la llanura a buen ritmo, lanzando reflejos negros y amarillos a la luz del sol, que alumbraba desde su cenit. Era una agradable visión, muy parecida a la del calidoscopio que tanto adoraba; si entornaba un poco los ojos, los colores comenzaban a danzar de igual manera.


Aquello mejoró un poco su humor. Estaba muy irritado por haber tenido que abandonar la placidez de su hogar para hacer de niñera a ese rodent caprichoso. ¿Es que no le bastaba con el cucaceronte que le había regalado su hermano mayor para defender su nido? Sabía bien que esa bestia metamórfica era peligrosa; en varias ocasiones que había intentado entrar en el nido había trinchado a sus Megarácnidos como un porkomínido en el espetón.


La voz incesante no paraba de resonar en su cabeza: “¡Mata, mata, mata!”. Cuando atrapara a ese sapiens lo iba a aplastar, desmembrar, despellejar y mil cosas más por haberle metido en ese embrollo que no tenía nada que ver con él.


Desde su Megarácnido de transporte, otro obsequio de los dwergos, los cuales lo habían modificado con Magia para que se ajustara a sus medidas, alargándole las patas, divisó una corpulenta figura en la lejanía. ¡Allí estaba el Autarka! Y la hembra prometida estaba con él. Ahora lo entendía todo: ese entrometido se había inmiscuido para hacerse el Héroe y el pequeñín le había rezado a su dios, del que decía que era descendiente, para que le ayudara. Hasta un Trollensis poco brillante como él podía darse cuenta.


Los sapiens echaron a correr en cuanto vieron su temible ejército.


―¡Ja, ja, ja, ja! ¡Mira cómo corre el muy cobarde!― exclamó complacido―. ¡Va ser una caza divertida!


Pegó un potente silbido para que su hueste acelerara, tenía ganas de descargar toda su furia en ese sapiens. Al punto, los Megarácnidos se lanzaron a la carrera, alargando su formación como una riada. Inexorablemente, la distancia que los separaba de los sapiens huidizos se acortaba sin que sus esfuerzos sirvieran de nada. Los primeros combatientes del ejército ya les estaban dando alcance; en cuestión de minutos los cercarían y los engullirían sin compasión, como a él le gustaba. ¡Ja, ja, ja, ja!


***


Justine emitió un alarido cuando distinguió el horror que se aproximaba por la llanura: ¡Arañas gigantes! Tenía pavor a las arañas. Llevaban corriendo casi una hora y la fatiga comenzaba a hacer mella en su resistencia. El Autarka se distanciaba cada vez más de ella, era imposible seguir su ritmo; corría como un toroceronte.


Éste, al oír su grito de espanto, se volvió y esbozó una sonrisa homicida. Los ojos le brillaron con especial intensidad al constatar que los Megarácnidos les estaban alcanzando. El tableteo de sus patas podía escucharse en el aire, próximo a ellos. Los más avanzados aprestaban sus mandíbulas chasqueantes, a escasos metros de ella.


Sin refinamientos, el Autarka la cogió y la cargó sobre el hombro para ganar terreno. No permitiría que le parara nada a la chica aunque tuviera que morir para ello. No temía a la muerte, ya había experimentado ese goce en innumerables ocasiones. Sin dejar de correr, con la mano derecha desenfundó una pistola sónica y disparó por encima del hombro sin apuntar. Con las armas sónicas no era preciso afinar la puntería, bastaba con dirigir el cañón y las ondas infrasónicas arrasaban toda vida que hallaban a su paso.


Seis Megarácnidos reventaron en jirones sanguinolentos. Sin embargo, al instante, otras tantos, sino más, ocuparon su lugar. ¡Eran miles! Tras otro disparo saltaron por los aires fragmentos de patas y de corteza; pero nada las detenía, su velocidad era asombrosa.


Le entregó una pistola sónica a Justine.


―¡Toma, úsala!


Ella dudó al ver la extraña arma. No era de fabricación humana.


―¡Ahora no es momento de chorradas religiosas, dispara si quieres sobrevivir!― masculló el Autarka.


Justine asió la pistola, asombrada por su ligereza, y apretó el gatillo desde su incómoda posición. La carrera del Autarka la hacía sacudirse sin control. Cuando vio su devastadora potencia emitió un gritito de júbilo.


Los megarácnidos reventaban como uvas maduras; el aire se colmó de partículas sangrientas. Cada vez que una de ellas se adelantaba, la hacían saltar por los aires. Tras ellos el terreno se sembraba de despojos, que al instante eran tragados por la marabunta. Estremecía el silencio con que corrían, solo el ruido de sus patas sobre la tierra seca; ni un grito de dolor, ni una voz.


Arribaron a una formación rocosa. Un sitio perfecto para presentar batalla, pensó el Autarka. Miró con rapidez hacia el Este y luego hacia el Oeste, por donde el ejército de megarácnidos ensombrecía la tierra con su ingente número. Pitya se recortaba en el horizonte cercano. Ya casi habían llegado. El Medíter fluía al Sur. Si seguían corriendo no lograrían llegar a su destino, reflexionó a toda velocidad.


―A partir de aquí, sigues tú, yo los entretendré en estas peñas. ¡Corre!


Justine dudó, aquella distancia hasta Pitya se le antojaba insuperable; sus piernas no aguantarían. Su rostro reflejó espanto.


―Sigue el margen del río, puede que encuentres alguna patrullera atraída por la batalla― urgió el Autarka, los megarácnidos no tardarían en localizarlos. Debían aprovechar esa ligera ventaja.


―Gracias por lo que has hecho y por arriesgar la vida por mí― le dijo Justine con gratitud.


―No lo hago por ti, lo hago por el dolor y la muerte― contestó él con sequedad, ya en su rostro reflejada la incipiente locura de la batalla.- ¡Y ahora corre, no te detengas o mi ayuda habrá sido en balde!


Continuará...

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